Historia de Barillas
Nueve siglos a la orilla del Queiles, en el extremo meridional de Navarra. Del castillo medieval al olivar, esta es la memoria del pueblo contada en unos pocos capítulos.
Un pueblo al pie del Queiles
Barillas se asienta en el valle del Queiles, en la Merindad de Tudela, en el extremo meridional de Navarra y a un paso de tierras aragonesas. Cascante queda a tres kilómetros, Tudela a poco más de quince y Pamplona a algo más de cien.
Esa posición de frontera, entre el río y el límite del reino, explica buena parte de lo que ha sido el pueblo: tierra de paso, de huerta y de gente acostumbrada a entenderse con los vecinos de uno y otro lado.
De la conquista al señorío
Las primeras noticias documentadas de Barillas llegan con la conquista cristiana del valle del Ebro. La villa fue tomada hacia 1114 y, en 1117, Alfonso I el Batallador la agregó al fuero de Tudela.
En 1224, Pedro Sánchez y Urraca Gil vendieron la villa y su castillo al rey Sancho VII el Fuerte. Desde entonces Barillas pasó por distintas manos señoriales hasta que, en 1514, Fernando el Católico otorgó su señorío, que con el tiempo quedaría vinculado a los condes de Bureta.
El pueblo tuvo también un monasterio de religiosas que acabó trasladándose a la cercana Tulebras. Del castillo apenas queda memoria; del señorío, el palacio que durante siglos presidió la plaza y que llegó a albergar la sala del Ayuntamiento.
El retablo gótico de San Miguel
La parroquia de San Miguel Arcángel guarda la pieza más valiosa del patrimonio de Barillas: un retablo mayor gótico del tercer cuarto del siglo XV, declarado Bien de Interés Cultural.
Se organiza en tres calles y dos cuerpos, con tracerías caladas y baquetones dorados. En la tabla central San Miguel vence al dragón, acompañado por los donantes, los Pasquier de Agorreta, arrodillados a sus pies. En el banco se suceden la estigmatización de San Francisco, la Resurrección, Pentecostés y el martirio de San Sebastián.
El templo actual es moderno, pero conserva restos de una torre mudéjar de ladrillo con decoración en rombos, testigo de la fábrica anterior. Merece la pena verlo con luz natural: es entonces cuando el pan de oro devuelve el color.
Tierra de pan, vino y aceite
A mediados del siglo XIX, el diccionario de Madoz describía un Barillas de casas de buena fábrica, con su palacio, su parroquia y poco más de un centenar y medio de almas. De sus campos salían trigo, cebada, avena, centeno, vino, aceite, legumbres, hortaliza y fruta, y el pueblo contaba con dos molinos: uno harinero y otro de aceite.
Esa doble vocación, el cereal y el olivar, sigue escrita en el paisaje. Los olivos monumentales repartidos por el término, algunos con siglos a sus espaldas, son hoy uno de los símbolos del pueblo y una de las razones por las que merece la pena acercarse a Barillas.
Un árbol y un lebrel
El escudo de Barillas muestra, en campo de oro, un árbol a cuyo tronco está atado un lebrel. Un perro de caza y un árbol: dos imágenes sencillas que hablan del monte, del coto y de la relación que el pueblo ha mantenido siempre con su término.
Barillas en imágenes
Calles, campos y celebraciones. Un recorrido por las imágenes que cuentan cómo ha cambiado el pueblo.
¿Tienes fotos o documentos antiguos de Barillas?
El Ayuntamiento está reuniendo material para conservar la memoria del pueblo. Si guardas fotografías, papeles o recuerdos que merezca la pena compartir, escríbenos: los digitalizamos y te devolvemos el original.